Ellos, los rotos

1 Oct

Tuve muchos novios. Novios de años, de un día, d eun mes. Novios que no sabia que eran novios. Novios desangelados, novios tiernos, novios ociosos, novios malos, tuve muchos novios. De profesión: novia

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Maquinal

3 Jan

Y donde se va a llorar?
A la iglesia? Al cementerio?
En las madrugadas toscas, esas donde salen granos de tanto leer o ver películas, o dar vueltas en la cama, las ganas de llorar, se queda ahí nomás, sin llegar a ser absorbidas en por la almohada, como abducidas por el extraño fenómeno de la madurez, la moderada “middle age”, donde todos está superado y fajado,con faja de prohibido llorar, prohibido quejarse, prohibido no aguantar .

Conozco gente muy joven aún, o al menos en la edad donde yo me creía muy joven, que sienten esta presión fuerte. La presión de no fallar, de cumplir, de no parar, de ser exitosos, de quejarse de lo malo y lo bueno, de mostrar el exceso, de no saber con quien hablar, como moverse, de ser querido y odiado por todo el mundo.
Hoy escribimos en blogs, en revistas on line, en redes sociales, exponiendo al máximo nuestros sentimientos, investigando a pleno las vida de otros, siendo viviseccionados cada día, por muchos pares de ojos, sin intimidad, con obsecuencia, y sin llanto.
Porque el llanto espanta, porque Mirta lo dijo y porque no somos nada, la vida es corta y a las 97 es lógico que se muera Tangalanga.
Y todo ese miedo, ese miedo al vacío de quedarnos quietos, insomnes, leyendo, absortos, fuera del mundo de fotos donde estamos con una felicidad absoluta, donde reímos para que los dientes se vean como luces de Hollywood, donde usamos filtros para que cada vez la máscara social sea más y más profunda, ese miedo igual, está ahí.
Para que cada vez, exponernos, nos lleve a no saber quienes somos.
Entonces, un día me encuentro llorando y me doy cuenta que hace mucho que no lloro, ni pataleo , ni me quejo, y ese día, escribo un post después de mucho tiempo, recuerdo el amor que tuve y trato de dormir
Porque dormir siempre ha sido, la mejor forma de escapar a una realidad de tiros,de bocinas, de fuegos y hielos. Porque dormir es morir un poco, y no enterarnos nada.
Es crecer y tener insomnio.
Y desear dormir. Sin queja, sin llanto .
Y sin plenilunio.

De como Robert Smith puso en el tapete el smokey eyes

13 Apr

Hace 30 años, comencé a escuchar The Cure, con anhelo y curiosidad. Empecé a escuchar mucha música pop. Estallaban los hermosos ochentas con la misma intensidad con que habían explotado los 60´s. Creo que la música pop delimita si o si los destinos de la moda y como bien dice Rob Gordon (el personaje de John Cusak en High Fidelity) : somos nostáligicos y por eso escuchamos música pop o o somos nostálgicos porque escuchamos música pop?

Lo mismo creo, pasó con la ropa, el make up y el pelo, más que nada y ante todo, en mis 80´s. Si, el pelo que intentábamos parar con jabón imitando los jopos precisos de Duran Duran.
En cuanto al make up, cuando apareció Robet Smith todos nos conmocionamos. No sólo escribía canciones de amor adolescente quebrado y doloroso, si no que se pintaba los labios de rojo furioso y tenía los ojos negros, con crayón.Todos corrimos a hacernos lo mismo. Años mas tarde, maquillando a Gustavo Cerati para un clip de “Ahí Vamos”, me decía: “Haceme todo el ojo negro como Robert Smith” , “Otra vez, Gus?”, le dije . “Y si, viste que eso nunca pasa, nunca se va”. Lo maquillé a él y toda su banda con ojos negros y smokeys rabiosos.
Creo que todo el new wave de los 80´s, el post punk y todo lo pre a la bandas “armadas” de los 90´s (prolijos, fashinionistas y comerciales) fueron los que delimitaron el maquillaje y el pelo de años más tarde. Incluso esa maraña de pelo que usa Smith aún hoy, 30 años más tarde, se niega rotundamente a convertirse en una rasta: es el símbolo que abrazó y abraza un creador riguroso, que dio un show de 3 hs 20 en River hoy, y no dejó ningún tema afuera.
Robert Smth seguía con su lipstick rojo carne cruda mal pintado, sus ojos negros, su cara con maquillaje pálido y su pelo batido con peine fino.
Lo amé por eso y por eso lo amé antes.
Así que allá fui, con mis ojos negros, casi corrido, trash se dirá este año, pero vamos, hace 30 que el Sr. Smith viene usándolos.

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My own road movie

30 Mar

la foto (7) image (4)Manejo mucho. Siempre de una punta de la ciudad a otra, siempre dejando amigos, yéndolos a buscar, siempre al mando de mi Corsita 3 puertas, azul, del cuál mi mecánico está enamorado : “La pegaste, nena, es un fierrazo”, me dice cuando le cambia el filtro o alguna cosa por el estilo.

Siempre digo que mi auto es mi motorhome. Y también mi espacio de terapia, mi hora de canto y mi momento de ver el mundo desde otro lado. No tomo colectivos hace 10 años. Y cuando no tengo el auto, tomo taxis. No me gusta, de todas formas; no es como antes, donde el taxista sabía dónde tenía que ir, donde se respetaba a la “dama” y demás etcs demodés que voy viendo todos los días, con mucha sorpresa, porque salgo cada vez menos.

Salvo que lo haga en mi auto.

Hace poco, tuve que dar una disertación muy lejos. En una ruta nro X: me vinieron a buscar a mi casa. Llegué muy mareada: el señor remisero iba a 150 km/h. Además de la velocidad excesiva y peligrosa, creo que lo que más me mareó fue su verborragia quejosa, amplia, insistente.

150 km así.

Esperaba que después de un largo día la vuelta fuera más amena. Me había rehusado a llevar mi vehículo, me había autoconvencido de que no conocería las rutas; de que rara vez funciona el 3G de mi móvil para usar el GPS, de que no conocía la zona, de que iba a estar muy cansada. Craso error.

Tras haber esperado al remis por 4 hs, me pusieron adentro. Quedaron un poco alivianados de mi: me estaba poniendo muy densa por la demora. Apenas me senté -siempre lo hago en diagonal al conductor- me di cuenta de que se trataba de un señor era mayor. Mayor de 70, mínimo. Y que no veía un pomo. Desde mi ubicación notaba los vidrios gruesos, enormes de sus anteojos.

Ya era de noche y la ruta inicial, un largo serpenteo de kilómetros y kilómetros vacíos hasta llegar a una ruta “verdadera”, estaba en muy mal estado. El señor aceleraba y la amoritguación del auto antiguo, pesado, bajo, se hacía notar. Me quejé, me quejé mucho, como al señor que me llevó de ida.

Su celular sonaba constantemente. Pero él no lo escuchaba: ahí me di cuenta de que, además, era sordo.

La ruta seguía abriendose a la nada y pasamos una estación de servicio. “¡Pare!”, le grité. “No tienen gas ahí, y me falta, vamos más adelante”, me dijo. “Me sacaron el tanque de nafta; esto solo funciona a gas”. Cuando me lo dijo, entrábamos ya en otro espiral negro, con indicaciones contrarias a Capital Federal.Me sentía peor que el escritor que manejaba en En la boca del miedo de John Carpenter, aquel que veía pasar en medio de nowhere a un hombre deformado en bicicleta.

De la nada, el señor, paró. No soy miedosa, no paniqueo rapidamente pero no entendí por qué bajó. Vale aclarar que el señor era minúsculo y que yo mido casio 1,80. Cuando entró en el auto mi pie, enfundado en un borceguí, estaba a un centímetro de su cara “Pare de nuevo de esa manera y lo muelo a patadas”, le dije. No estaba asustado. Creo que. sencilllamente, porque no me escuchó. Habrá pensado que estaba estirando mis piernas cansadas nomás.

“Tengo gas para 100 kms más, no se asuste”. Cabe aclarar que NADA NADA más que noche y negra espesura se abría ante nosotros. Empecé a gritarle que diera la vuelta, que volviese a la estación de sevicio. Lo hizo, tratando de calmarme, sin lograrlo. Cuando llegábamos a la rotonda, el señor, envalentonado con que “ya se había guiado” toma otra vez el camino contrario a la estación Shell.

Le grité que parase, se lo grité en la oreja, hasta pude olerlo, que asco. Paró.

Yo llevaba mi siempre pesada cartera y un bolso con mis útiles de trabajo. Bajé en medio de ese páramo apenas iluminado. Empecé a caminar, maltretcha y cansada con mis bártulos mientras el remisero sordo y ciego me acompañaba a paso de hombre y yo llamaba por celular a Dios y María santísima.

Llegué a la estación de servicio.

Mi maquillaje era un asco, mis pies me dolían, tenía frío, sed, todo yo era la antítesis de quien se había presentado tan brillante ante setenta personas a la tarde. En la estación había un chico, Guillermo, que directamente habló con quienes me habían contratado para decirles donde estaba porquee yo no quería hablar con ellos. Era la una de la mañana y no daba más. Temblaba de frío y hambre. Guille, de apenas 20 años, amablemente me ofreció un polar con olor a aceite de auto. Acepté.

Corcoveando, llegó el auto del remisero a quien le desée la muerte más feroz. No salí del cubículo de un metro por un metro donde Guillermo tenía una notebook del Gobierno Nacional que no podía ni siquiera conectarse a Google Maps. Yo no sabía dónde estaba y Guillermo, creo, tampoco. El sólo sabía “llegar” desde Carmen de Areco, más o menos a 100 kms, de donde había salido horas antes, pero en dirección opuesta de la Capital. Yo no podía dejar de obsevar mi indumentaria: mis botas, mi ropa nueva y mi pañuelo Prada con la hermosa capa mugrienta de aceite de auto de Shell y su conocido logotipo.

Llegó un señor en un auto rojo dicíendome muy canchero que pronto iban a venir a buscarme, que habían arreglado todo y que llegar a mi casa me salía 400 pesos. Le dije que si; me hubiera pedido mil y le hubiera dicho que sí. Me hubiera pedido dos mil, tres mil y mi trasero, y le hubiera dicho que sí. Solo quería llegar a mi casa.

Por el teléfono escuchaba como se peleaba el señor del auto rojo con quienes me contrataron diciendo que ellos corrian con los gastos, etcétera. Lo último que escuché antes de meterme de nuevo en el cubículo con Guillermo fue “si no paga,no viaja”. No sé cómo, llegó otro auto, manejado por otro hombre, quién en una hora me trajo a casa y no me cobró. Yo no pensaba, no veía, pero tampoco lloraba.

Llegué a mi casa ocho horas después que pidieran el remis.  Me saqué toda la ropa, toda, y la puse a lavar. El agua en la ducha salía negra. Me quedé en el baño una hora, sac+andome toda la mugre del camino, el polvo, la resaca de nada, el frío y el olor a aceite de la campera de Guille.

Sentí un ruido.

Algo zigzgueante, frío, gomoso del otro lado de la cortina. Cuando quise reirme de mi fantasía hitchconiana era tarde: las tijeras que el señor remisero de gruesos lentes tenía en sus manos entraron en mi carne blanca y me caí de lleno en el piso del baño con mi ojo abierto. Abierto eternamente como el cielo negro de la ruta perdida.

En casa

18 Jan

Cruzó corriendo la calle sin siquiera mirar el semáforo. Iba con el puño apretado, dispuesta a golpear su pecho, como queriendo abrir una puerta.
El estaba en la esquina, mirándola venir con toda su furia, impávido ante esa cabellera rubia llena de rabia y hambre.
Ella llegó casi a dos centímetros de su cara con la suya  propia  y los brazos bajos, respirando fuerte. No lo tocó, sólo lo miraba y sus ojos destilaban odio y deseo.
Le dijo, lentamente, modulando cada palabra, en voz baja y tranquila: “Te odio”
Y después, lentamente, le agarró su cabeza, su magnífica cabeza gris, y lo besó.
Lentamente, pero con la lentitud que tiene un animal antes de atacar.
El se contenía entre el ansía y el miedo de ser mordido, un miedo ancestral tan masculino como el brazo que lentamente fue agarrándola, primera la cintura y luego toda su espalda, atrayéndola hacia si mismo.
Quizás estuvieron uno o dos minutos. Era la tarde, las luces se prendían lentamente en ese invierno, pero había mucha gente. Era pleno Recoleta.
El la separó de la misma forma que la tomó; con un leve gesto, con un pequeño músculo  y la llevó a través de Plaza Irlanda. Ella lo siguió, tapándose la cara contra el viento frío, mientras su melena roja la seguía. El abrió el auto y con firmeza, la sentó en el asiento de acompañante, protegiéndola con su mano para que no se golpee la cabeza.
Cuando fue a abrir su puerta, ella había subido el seguro.
Lo sabía, aunque nunca la tuvo en un auto suyo.
Arrancó y empezó a andar, ambos mudos, enojados, deseosos.
Ella aún tenía las manos en su cara, con su pañuelo tapándola, muerta de frío.
– ¿A dónde vamos? , dijo, un poco temblorosa, aún con un dejo de fastidio. Miró hacia la ventana.
– A casa, dijo él.
“A casa”.  No “a mi casa”, no “a la casa”. “A casa” como si fuera a llevarla y a dejarla adentro, como si de golpe todo eso se tratara de un secuestro o de una mudanza, con esa honestidad y esa brutalidad.
Llegaron a un departamento en Colegales, lindo por fuera, nuevo, y subieron por el ascensor hacia el piso 3. Ella lo miraba altiva, apoyada entera contra la pared del ascensor, las manos en su espalda, herida, pero fijamente, sin desviarle la mirada. Lo desafiaba.
Entraron a un living casi vacío, salvo por una mesa de diseño y una computadora, un sillón y un plasma enorme con videos de películas de niños en el piso.
El la agarró del brazo y la llevó por un pasillo a un cuarto mediano, donde había una cama grande, con un edredón de plumas azul. Ella cayó bajo su peso y su pelo negro se derramó sobre la almohada.
Lo miró avidamente.
-¿Por qué no me dijiste antes? ¿Por qué?¿ Por qué un año más tarde?
– Porque era necesario, le dijo él y la besó.
Era necesario, pensó, para tenerte acá y que no te vayas nunca. Pensó que quería mirarla eternamente sin siquiera tocarla y dejar así, su boca abierta ante tantos ojos grandes, tanta boca carnosa y tanto deseo. Mirarla, sólo mirarla por todo lo que no la había mirado años.
Ella lloraba, al fin.
-Ya está mi amor, ya está. No llorés más, mi vida, estamos en casa, dijo él.

Fotos

21 Dec

Se puede construir una amor, una situación, una amistad, un vínculo a través de fotos?
Saco fotos desde muy chica. La primera fue una Voigtlander de mi viejo a mis 17 años. Y así fueron sucediéndose muchas, aunque siempre supe que le debía mucho a esa máquina fuerte, dura, que no permitía ponerle lentes (cosa que me frustraba) . Jamás volví a tener una cámara así.
Con ella aprendí de luz, de encuadre, de todo un poco. Mi viejo me enseñó y yo iba a recitales y sacaba fotos con un flash que había podído encajar. Luego sucedieron varias, incluso una Polaroid, incluso una Canon copada. Hasta la era digital.
Y ahí hubo un non stop y miles de fotos se sucedieron cuando los celulares aún no sacaban fotos, cuando lo pequeño era más pequeño y luego las pantallas fueron agrandándose, los ángulos siendo más certeros, y así, así fui investigando mi cara.
Una amiga me dijo que a mi me gustaba mi cara. No sé si me gusta a ciencia cierta, pero si sé fotografiarla. Me gustan los retratos y conozco perfectamente cada ángulo de mis facciones. No sé, a pesar de todo cuál es mi perfil. No me importa, porque las fotos tienen una parte del alma y cuando no me saco, es porque estoy en problemas.
Tengo miles de autofotos, podría armar un cuadro enorme, lleno. A mis 30, a mis 40, a mis 45.
Tengo muchas fotos de mi hijo pequeño, pero no ahora, porque ya creció y por más que lo persiga con mis dispositivos, no quiere ni se deja.
Tengo pocas fotos de mi madre, porque era coqueta y no comprendía que el valor de una foto es la luz que emana de ella, el momento, el instante, el mágico momento donde queda lo que queda. Y sin lipstick no se sacaba ni mamada.
Guardo fotos de mis amores buenos, porque verlos me recuerda a buenos momentos. De los malos amores, no tengo rastros.
Tengo fotos de viajes, de momentos hermosos en ciudades soñadas. Conmigo en ellas.
Las fotos, en mi, reviven cuando me siento bien.Y ahora, en redes sociales, en plantillas de fotos, en Tumblrs, Pinterests, Instagrams, y todo eso, yo las cuelgo.
Poco me importa si a la gente le parezco una diva o no. Poco me importa porque yo sé la historia que cuento a través de ellas. Cuento muchas cosas y solo quién sabe leerme, puede verlo.
El que no se la pierde, y vos que las mirás todos los días, ves desde lejos, el paso del tiempo, donde me veo, como a esos viejos locos, cada vez con más mirada de adolescente, como una piba rubia de barrio, que nunca va a ser una vieja.
Porque mis fotos son mi Dorian Gray y porque no voy a ser cascarrabias nunca. Quiero ser una autofoto de mi momento personal y feliz, siempre.

Quiero ser la foto de tu amor, qué belleza.

Un cartel que rece: LA 9 DE JULIO

30 Nov

Así debería tener un cartelito en el auto. Junto con el de San Expedito y San Cayetano.
La 9 de julio, interminable vena que une mi sur con un cuasi norte.
Tiene buen asfalto, hay que reconocerlo. Pero es agobiante y es tan peligrosa que abruma.Hay sectores, claro, hay que tener muchas precauciones, claro.
Apenas la agarro a la altura de San Juan, es tranquila y se va despacio, pero se va. Ahí es donde tenemos cuidado en los semáforos, por la cantidad de chicos que quieren limpiar mi parabrisas, y a quienes sin vacilar, pasaría con mi auto por encima si se animasen a poner un dedo sobre la carrocería, patearlo o amenazarme.
Para eso, tengo un truco. Siempre que me para el semáfoto y no estoy primera, esperando, freno antes. Cuando se acercan a mi auto, oooooso, me adelanto. Ya con eso, saben o creo que saben que no se deben acercarse. Porque si no hay nadie detrás mío, seguro, retrocedo y así, como cuando jodíamos con lo´pibe, ponele.
A la altura del Ministerio de Acción Social, todo se convierte en un embudo. Siempre hay tumultos, concentraciones, arreglos y un enorme edificio en la mitad de la avenida más ancha del mundo.
Pasado ese desastre lleno de mugre y cemento gris, ya estamos casi cerca de donde nos cobran las fucking multas y donde se ha puesto de moda, para tapar las “obras” que lo refaccionan, poner algo fashion y colgar una enorme fotografía. Ya van varias, ahora hay una pareja, creo que bailando tango o algo así. A esta altura, la contaminación visual es tan feroz, que deberían automultarse. Obvio que no lo hacen.
Y pasamos al 2do embudo; el Obelisco.
La argentinidad al palo y ese carril donde todos quieren ir a parar, donde se bifurcan y nada es claro.
Hay algo cierto; nadie respeta el carril por el que va. Es mucho más sencillo ir derecho por el carril que decidimos tomar y poner giros varias cuadras antes, que ir desvariando en los pequeños huecos que se forman entre los autos. Jamás entenderé por qué el orden no es algo que se vea como mucho más fácil; puedo hacerlo manejando, pero me cuesta un poco ordenar mis cajones, aunque eso no mata a nadie.
Pasada la curva del obelisco y la guerra de comidas rápidas, empieza la pesadilla del nuevo chiche del gobierno de la cité: el NO BLOQUEAR. Una especie de cuadrado de las Bermudas en donde si te quedás, tan solo por accidente, te multan sin piedad con cámaras estrategicamente colocadas.Explicame por qué no se gastan ese dinero en la estación de tren de Burzaco!
Eso si es un infierno. Ante la duda de pasar y quedarnos en el medio, paramos hasta ver si nuestro auto entra en un hueco en la otra cuadra. Y no, no entra y paramos. Pero nos tocan bocina a más no poder. La locura crece.
Pasado ese delirio, entre Santa Fe y Juncal no te equivoques nunca en seguir de largo porque sos boleta y vas a parar a la Lugones y la autopista más cara del mundo (siempre tenemos records) en cantidad de kms; creo que 4 pesos por 2 kms para evitar pasar por medio de la Villa 31.
La 9 gloriosa de julio.
Te palpito día a día y día a día, te declaro, mi pesadilla, mi isla y mi lugar donde putear tranquila.
La vuelta se las debo, me dormí esperando poder llegar del norte al sur.